Por Nicolás Rojas Inostroza
Las primeras transmisiones del Canal 9 de la Universidad de Chile se realizaron, en blanco y negro, el 4 de noviembre de 1960. 34 años más tarde el sueño de la televisión educativa se transformaría en un recuerdo lleno de polvo.
Esa noche, el Rector señaló que la televisión era una herramienta “para ilustrar a nuestro pueblo tanto en el arte como en la ciencia”. La noche inaugural, el canal fue captado por más de 300 televisores en la capital. Los escasos espectadores pudieron ver al periodista Luis Hernández Parker, un repertorio de canciones de la Araucanía, debates académicos y el teleteatro de una novela de Óscar Castro. La oferta de esos primeros 100 minutos de UTV cumplió a cabalidad con lo estipulado en el Decreto Ley 7.039 promulgado
Los dos primeros años fueron de televisión experimental, con transmisiones diarias que oscilaban entre una y dos horas. La primera parrilla incluyó programas de entrevistas, artes plásticas, teatro y una serie de hechos sobrenaturales dramatizados.
El cambio sustantivo se suscitó a partir del Mundial de Fútbol de 1962, UTV entraba a un escenario más competitivo: 20 mil televisores. Un año más tarde se debatió en el parlamento la posibilidad de aprobar la publicidad como medio de financiamiento, pero diversos estamentos se opusieron: la televisión no podía convertirse en un negocio. Si bien la ley prohibía terminantemente las prácticas publicitarias, los canales la utilizaron de forma disimulada. Por ejemplo en El Show de Arturo Millán, el conductor aparecía conduciendo un auto alemán al cual, misteriosamente, siempre se le enfocaba la marca.
Con la llegada de Eduardo Frei Montalva la ley se flexibiliza y las estaciones comienzan a incursionar en el rubro de la entretención, es el tiempo de series como Lassie, La Hora de Hitchcock o La Caldera del diablo. La escasez de presupuesto merma la producción nacional y crece la compra de material proveniente de Estados Unidos.
Primeras turbulencias
Los primeros atisbos de crisis económica para el Canal se divisan en 1968, año en que se arrojan pérdidas de 824 mil 458 escudos. Dos años más tarde Jaime Celedón, nuevo director ejecutivo del canal, habla de un “deplorable estado financiero, con déficit considerable en escudos y en deudas contratadas en dólares”. Sus sucesores enfatizaron en lo mismo: el canal tenía un grave problema que lo acompañaría hasta su agónico final.
En septiembre de 1970 iniciaba sus transmisiones un poderoso actor: Televisión Nacional de Chile. Por esos años el “Canal 9 era un canal de izquierda, ingobernable, que llegó a ser un canal mirista, de extrema izquierda”, recuerda Bartolomé Dezerega en la tesis Canal 11: reflejo de la televisión en Chile.
Junto al advenimiento del período de la Unidad Popular (UP) se promulgaba la primera Ley Orgánica de Televisión N°17.377 que apuntaba al rol social del medio de comunicación, estableciendo un financiamiento que sería mayoritariamente estatal. En el primer artículo, la ley señalaba que la televisión no estará al servicio de ideología alguna y mantendrá el respeto por la diversidad. Sin embargo, la radicalización de las posturas no estuvo ausente de UTV. Mientras el país se polarizaba visitaron los estudios de Canal 9 artistas de la talla de Frank Sinatra Junior, Raphael y Hervé Vilard. El desfile de estrellas no fue gratuito, en 1972 la situación económica del canal se tornaba crítica: los egresos superaban ampliamente los ingresos.
Razones de Estado
Los meses antes del golpe, los problemas entre los trabajadores y la rectoría de Edgardo Boeninger se agudizaron. “El Rector se propuso cambiar a casi la totalidad de los periodistas de Canal 9 que eran de izquierda”, recuerda Juan Ángel Torti en su libro Televisión chilena: sus primeros pasos (1959-1973).
En enero de 1973, los operarios deciden tomarse el canal ubicado en Inés Matte Urrejola 0825. Meses más tarde la Universidad lanzaba una señal oficial que transmitía en la frecuencia 6, mientras se tramitaba el retorno de la señal tradicional. UTV en toma transmitía los programas Asamblea Sindical, Ventana Sindical, Pobladores y Televisión Campesina, con escasos índices de sintonía.
La toma del canal finalizó el 9 de septiembre, dos días más tarde el acuerdo que había sellado el conflicto pasaría al olvido: la dictadura traería severos cambios para el país.
El aporte fiscal fue suprimido en 1974, pues el Estado gastó la misma cantidad de dinero en la construcción de escuelas que en subsidios para la TV. La medida causó severos problemas económicos a los canales, obligando al Estado a inyectar 6 millones al Consejo Nacional de Televisión (CNTV). En el fondo de contenidos educativos, TVN se aseguraba un 40 por ciento, mientras que la misma cantidad de dinero estaba destinada a los canales universitarios por medio de fondos concursables. Nuevo problema: gran parte de los paquetes publicitarios se los llevaba TVN y Canal 13, por ser los canales de mayor cobertura nacional.
Durante toda la década se suceden intentos para reorganizar el canal, pues los elevados gastos de producción reportaban escasa sintonía (un 5 por ciento hacia 1973). Canal 9 pudo mitigar sus deudas con aportes del Ministerio de Hacienda. La Revista Qué Pasa señalaba por esos días que “el canal se autofinancia sólo en un 15%, en tanto que el Canal Nacional lo hace en un 60 o 65 por ciento”.
En 1975, las cifras de audiencia se mantienen bajas, especialmente la tarde de los sábados cuando Canal 13 obtenía un 28,1 por ciento con Sábados Gigantes, mientras UTV lograba no sobrepasaba el uno por ciento. Por enésima vez había que repensar el canal.
“Lo único utilizable son seis videocaseteras y tres editoras. El resto está todo obsoleto (…) El personal hace verdaderos milagros para sacar adelante los programas con gente que hace varios trabajos por un solo sueldo”, señala un funcionario del canal a El Mercurio en 1978. La situación es dicotómica, los demás canales inician con orgullo sus transmisiones a color, mientras UTV permanece sumido en la precariedad del blanco y negro.
El Canal 9 enfocó su línea editorial en los niños y la juventud. La Universidad inyectaba recursos constantemente para el funcionamiento de la señal, hasta que en 1976 la Controlaría General de la República prohibió esta práctica. Habían pasado 15 años desde los inicios del canal, y la deuda de arrastre ascendía a 2.5 millones de dólares. En 1978, el Ministerio de Hacienda resuelve pagar la deuda. La década de los 80 se inicia con una rotativa de ejecutivos.
Del nuevo extremo
“El público se fija ciertas ideas y no se puede negar que el canal tuvo un pasado político…”, aclara Alfredo Lamadrid, entonces gerente de Programación y Producción. Nacía en 1980 Teleonce, un nuevo canal.
El mismo año de su lanzamiento, el canal consigue un préstamo para renovar los equipos. Educar parece no ser atractivo para las audiencias, ni para los auspiciadotes. A fin de año la situación es nuevamente adversa: la Universidad debe disponer una remesa de 132 millones de pesos para cancelar la naciente deuda.
En el departamento de prensa de Teleonce “era habitual que se iba el periodista a esperar la cámara, porque había cuatro cámaras para doce periodistas”, recordó Gabriel Cantón, director de prensa del canal por esos años, en una entrevista concedida a estudiantes de periodismo hace una década.
A mediados de los ochenta la periodista Marta Blanco es nombrada directora ejecutiva y se ensaya un canal cultural, cercano al objetivo primigenio de la televisión universitaria. Tras el fracaso en sintonía, Blanco renuncia. Corrían otros tiempos: el jefe de la Dirección Nacional de Comunicación Social (Dinacos) pasaba a ser jefe de prensa del mismo canal que hace una década era tildado de “mirista”. A principios de los años 80 se potencian espacios de entretención. Llama la atención un programa ecológico llamado Equilibrios, que inició su temporada con el capítulo titulado “La carretera General Pinochet”.
La autocensura es una práctica constante en el departamento de prensa. El canal se debatía, por enésima vez, entre la misión educativa que debía tener la estación de la Universidad de Chile, las mejoras en índices de audiencia y el autofinanciamiento. Educar, atraer y generar utilidades eran verbos incompatibles en la señal 9 y en Teleonce.
Según trascendidos publicados por El Mercurio el canal tendría, hacia 1989, una deuda de mil 500 millones de pesos. Mientras que el patrimonio neto de la estación llegaba a 320 millones y sus utilidades a escuálidos 150. Terminaba la dictadura con la llegada de Megavisión y Red Televisión al mercado.
¿La alegría ya viene?
La Red de Televisión de la Universidad de Chile posee las señales 11 en Santiago, la 10 en Valparaíso, 7 en Concepción y 6 en la ciudad de Antofagasta. La administración de la señal debería volver el año 2018 a la casa de estudios, tras un contrato de concesión por 25 años con privados. Se estima que a esa fecha ya esté implementada la Televisión Digital Terrestre (TVDT), por lo que el desafío para la Casa de Bello radica en entrar al nuevo sistema. La transición a la democracia encuentra a Canal 11 con cifras rojas. Según un artículo publicado en El Mercurio se estima que en los 30 años de vida del canal se ha generado un déficit anual de 3 millones de dólares, mientras que sus costos son de 6. Se podría decir que el Canal ha logrado ser autofinanciado en un 50 por ciento a lo largo de su historia. Algo estaba claro: la televisión educativa no era negocio, ni traía éxito en sintonía.
En 1991, Canal 11 sólo supera a UCVTV en participación publicitaria con un 4 por ciento del mercado. En este escenario se busca una alianza con TVN donde el canal del Estado llevase la gestión económica y la Universidad se preocupara de los contenidos. Una dura oposición política, terminó por dinamitar el proyecto de colaboración conocido como el Canal 18 (7+11).
Hacia 1993 Teleonce acumulaba alrededor de dos millones de dólares anuales en pérdidas. Ante el crítico escenario se decidió formar la Red de Televisión de la Universidad de Chile Sociedad Anónima (RTU). Los objetivos apuntaban a sustentar una programación por ejes temáticos: el deporte, la familia y la cultura. La estrategia buscaba posicionar a RTU en el cuarto lugar del nivel de audiencias, asegurándose un trozo interesante de la torta publicitaria. La política de abaratar costos incluyó la exhibición de series extranjeras y la creación de exitosos programas como Extra Jóvenes y Matinal 91. De esta nueva entidad, el 49 por ciento de las acciones fueron adquiridas por el grupo del empresario venezolano Gustavo Cisneros, lo que significó el pago de casi siete millones de dólares a la Casa de Bello y el nacimiento de Chilevisión.
En el primer año de gestión conjunta, las pérdidas superaron los mil millones de pesos, pero ahora la señal se extendía por todo Chile y se habían realizado importantes mejoras en infraestructura.
La sociedad no funciona: la gestión conjunta se vuelve imposible. En 1994, los venezolanos pagan 8 millones de dólares por el 51 por ciento restante y se quedan con la totalidad de la sociedad. La frecuencia 11 sería arrendada por 25 años. “Lo vendimos bien”, aseguró el rector Jaime Lavados, mientras prometía que el canal seguiría en una señal de cable.
Una década duró la era Cisneros. En 2004, el empresario Sebastián Piñera compró la explotación del canal en 24 millones de dólares. Durante el primer semestre de 2008, Chilevisión ha generado casi 20 mil millones de pesos en utilidades, en el mismo sitio donde se ensayaron múltiples fórmulas. Faltó la más productiva: rating, a cualquier precio.
El contexto político-social, la escasez de recursos, la eterna dependencia del Estado y su burocracia, falta de equipos técnicos y deficiente capacidad de adelantarse a los cambios de los audiencias son los factores que configuraron la muerte del canal que tuvo por karma la misión de educar.
El presente no es favorable.La televisión educativa se ha transformado en un lejano gigante condenado al ostracismo por las audiencias.


















En la percepción general, el concepto “desarrollo” tiene características específicas y está delimitado por ciertos patrones. La cantidad de ingresos, el número de inversiones extranjeras, el nivel de escolaridad y el acceso a atención de necesidades elementales, son manifestaciones concretas de aquellas cifras que nos entregan entidades como Naciones Unidas y el Banco Mundial. En definitiva, estas cualidades apuntan a elementos económicos, sociales y políticos de las naciones evaluadas.



